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El corazón de la filosofía

Por María del Carmen Rodríguez 3 de diciembre de 2006

Publicado en La Nación - Suplemento Cultura

"Jean-Luc Nancy (Burdeos, 1940), profesor de filosofía en la universidad Marc Bloch de Estrasburgo, ampliamente reconocido a nivel internacional, publicó más de cincuenta libros (entre ellos, La comunidad desobrada , La experiencia de la libertad , Corpus , El sentido del mundo y El mito nazi , en colaboración con Ph. Lacoue-Labarthe), a los que se suman numerosos artículos, algunos de ellos publicados en las revistas españolas Archipiélago , Sileno y Anthropos , que le consagró un número especial a fines de 2004. Forma parte del amplio ""círculo de amigos de Derrida"" -que le dedicó en 2000 uno de sus últimos grandes libros, Le toucher, Jean-Luc Nancy (""El tacto, Jean-Luc Nancy"")- y le dio a la perspectiva de la deconstrucción un nuevo giro. Para caracterizar ese giro, baste mencionar que Nancy retoma de modo deconstructivo, con una precisión y un vuelo inigualables, temas como el sentido, el mundo, la comunidad, la libertad, la técnica, el cuerpo, esos temas clásicos de los que Derrida, en un diálogo público entre ambos, confiesa haber huido. Allí, después de recordar que, en su Argelia natal, se colgaba un rollo de papel lleno de miel donde las moscas quedaban atrapadas, concluye: ""Pues bien, ante todos estos grandes conceptos filosóficos de la tradición, que Jean-Luc vuelve a tratar de forma incomparable, yo siempre he tenido el reflejo de huir, como si fuese, al primer contacto, al nombrar tan sólo estos conceptos, a encontrarme, como la mosca, con las patas pegadas: cautivo, paralizado, como un rehén, atrapado por un programa"". Y lo que admira en Nancy -subraya Derrida- es que ""tiene la valentía, ¿me atrevería a decir el corazón?, de asumir la herencia"". Valga ese ""corazón"" que Derrida introduce como un guiño para abordar El intruso (1999), ensayo autobiográfico enmarcado que se abre con una reflexión sobre la intrusión del extranjero: es preciso que haya siempre algo de ""intruso"" en el extranjero, sin lo cual pierde su ""ajenidad"", y que recibirlo sea también experimentar su intrusión, algo difícilmente admisible. Sigue el relato, en primera persona, de la aventura (""metafísica"" y ""técnica"") de Nancy que, diez años antes de escribir este ensayo, tuvo que someterse a un trasplante, recibir el corazón de otro. ¿Y qué decir de su ""propio"" corazón, que al latir a medias era sólo a medias el suyo? ""Mi corazón —escribe— se convertía en mi extranjero [...] porque estaba adentro. Si la ajenidad venía de afuera, era porque antes había aparecido adentro."" Para que el receptor soporte un corazón extranjero y no se produzca un rechazo —explica—, la medicina reduce su nivel de inmunidad, lo cual acarre a un doble efecto: el individuo pierde la ""identidad inmunitaria que es un poco su firma fisiológica"" y queda a merced de sus enemigos internos, ""los viejos virus agazapados desde siempre a la sombra de la inmunidad"". Imposible ya referirse a la identidad de un ""yo"": ""Entre yo y yo, [...] hoy existen la abertura de una incisión y lo irreconciliable de una inmunidad contrariada"". Para más contrariedad, por efecto de un medicamento, Nancy fue víctima además de un linfoma, cuyo tratamiento exigía un autotrasplante y nuevas intrusiones de quimio y radioterapia, descritas en detalle. Después de tal aventura —escribe—, ""uno ya no se reconoce, pero ´reconocer no tiene ahora más sentido"". ""Mi corazón tiene veinte años menos que yo, y el resto de mi cuerpo tiene una docena (al menos) más que yo. De este modo, [...] ya no tengo edad propia y no tengo propiamente edad. [...] Me convierto en algo así como un androide de ciencia ficción, o bien en un muerto vivo."" El texto se cierra con reflexiones abiertas a la exterioridad/interioridad, las mutaciones técnicas, el hombre que es un intruso en el mundo y para sí mismo. Se diría que Nancy no abandona su puesto de pensamiento ni siquiera en las puertas del quirófano, ya que el corazón de cada detalle de su relato, que no puede sino conmover al lector, es también un núcleo de reflexión. En La representación prohibida —que incluye un artículo homónimo de 2003 y ""La Shoah, un soplo"", de 1995—, su reflexión se centra en la mentada imposibilidad, y hasta en la prohibición, de representar los campos de exterminio nazis, que no puede remitirse, por ejemplo, a la prohibición bíblica de las imágenes, ya que ésta no concierne a la ""representación de"" Dios (el Dios de Israel, que no podría representarse), ni de un dios, sino a la imagen, sobre todo a la esculpida, que es de por sí una presencia divina, inmediata, maciza: un dios fabricado, un ídolo. Contrariamente a esta presencia ""inmediata"", la representación (el prefijo del término no es repetitivo sino intensivo, aclara) es ""una presentación recalcada"" que exhibe ""lo que está ausente de la presencia pura y simple"" (la ausencia de la cosa, pensada como el original, y la ausencia en la cosa, es decir, ""el sentido en cuanto no es justamente una cosa""). Volviendo a la ""representación prohibida"" de los campos, Nancy observa que el ostensible aparato mediático nazi (arte y desfiles monumentales) estaba al servicio de una empresa de ""suprarrepresentación"" en la que el cuerpo ario, masivamente, se presentaba como ""el (re)presentante de una naturaleza o esencia"", la de la humanidad autocreadora"", inmediata y auténtica, en suma, un ídolo. Para Hitler (Nancy cita aquí Mein Kampf ), el ario es ""el único representante de la especie de los fundadores de civilizaciones"", mientras que el judío es el representante de la representación en su sentido peyorativo (el comediante, el charlatán), el ""destructor de civilizaciones"". Por eso, ""teníamos el derecho moral [...] de aniquilar a ese pueblo que quería aniquilarnos —dice Himmler a sus lugartenientes en un famoso discurso de 1943—. Ustedes [...] deben de saber lo que son cien cadáveres, uno al lado del otro, o quinientos, o mil. Haberlo soportado y [...] haber seguido siendo honrados, es lo que nos ha endurecido"". Himmler comparte aquí con su estado mayor -escribe Nancy- ""una representación de sí como hombres capaces de ese heroísmo cuyo signo, pero también su motivo real, es el espectáculo que debería hacer cerrar los ojos y revolver el estómago"". En los campos, no hay representación de lo ausente, ni de la muerte, ni siquiera del muerto, sino de los apilados por millares, con los que ""las SS se dan el espectáculo de su propia aptitud para imponer la muerte y clavar en ella su mirada"". La suprarrepresentación que se consuma absolutamente en el acto (¿tributo al ídolo?), ejecución sin resto, es también una aniquilación de la posibilidad representativa misma. La Shoah —escribe el autor en el poético y sentido texto de cierre ""La Shoah, un soplo""— es un soplo que insiste y resiste, ya que su resistencia ""es la resistencia de la fragilidad misma."" Nada de frágil tiene la inmensa obra de Nancy (que en nuestro medio sólo circulaba hasta ahora en librerías y revistas especializadas), ni su pensamiento tan agudo como potente, ni su escritura densa y penetrante, tan bien traspuesta en la feliz traducción de estos textos. Cabe desear que estas traducciones locales auguren nuevas, y que alcancen la difusión hace ya tanto tiempo merecida."

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